Archivos para diciembre, 2011

Lo que no ves

Publicado: diciembre 6, 2011 en entrenamientos

Normalmente la semana post-Maratón me daba más miedo que la saga Saw, y ésta no iba  a ser menos… Lo mejor fue abrir el microciclo y ver el plan: dos días de descanso, sólo caminar, dos días de piscina y otros dos de carrera suave, para terminar con otro día de descanso. No fue difícil pues ya después de terminar el Maratón no tenía ni una sola agujeta, así que hacer piscina y volver a calzarme las zapas, no sólo no fue algo horrible, si no que me encontré muy fuerte. Ha sido una semana de recuperación y regeneración.

Esta sema, aunque estamos incrementando el ritmo y los kms, sigue siendo de recuperación y ajuste, pues aunque no lo ves, el cuerpo aún sigue fatigado tras el esfuerzo.

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Foto Teresa guerrero

Foto Pablo Bustamante

Foto Pablo Bustamante

Foto Pablo Bustamante

Foto Pablo Bustamante

Me ato las zapatillas varias veces… las vuelvo a desatar. No me convence. Esa es una de las cosas que nunca se debe hacer, correr un Maratón con unas zapas que sólo has calzado durante 30K. Aún así, son tan cómodas, que me apuesto el meñique izquierdo a que no me dan problemas.

Por alguna extraña razón no estoy nervioso. Miro el pulso en el Garmin, 52Ppm. Un Maratón siempre te pone nervioso, pero una vez más, y como sucedió en la media de Palencia y la Behobia/San Sebastián, esto es sólo un entrenamiento, así lo hemos programado Joserra y yo.

Oigo el disparo y todo se acrecienta, o se desborda, o se torna paroxístico… y miles de recuerdos se cuelgan de mis retinas. Ya en el avión sucedió.  De esas pistas que a veces la vida te da y que te hace sospechar que todo va a ir bien, que todo, una vez más, se grabará en tu código genético para que puedas saborearlo cuando el tiempo o las necesidades lo requieran… Allí, en ese avión que nos llevaba hacia Florencia, apereció el gran Quique, ¡¡¡Quique Corraliego!!! el mismo con el que hice mi primer Maratón allá en Brujas, el mismo con el que compartí cientos de aventuras, decenas de carreras… ¡¡Dios, qué alegría!!! Porque Quique es una persona con la que apetece estar, sincero, divertido, amigo de sus amigos… un buen tío.

Es de extrañar mi tranquilidad en la linea de salida, porque casi siempre, ésta, tiene una conexión directa con el centro neurálgico de la histeria y la sin razón.  En este caso no sirve de nada amortajar la inconsciencia, escupir el aliento sobre las viejas heridas, o dejar de darle la vuelta al reloj de arena.

No me gusta la salida, es estrecha y apelotonada, y será así hasta el Km 8. Me cuesta coger el ritmo que me he establecido hasta el 10K, de hecho muchos de los Km, no llego a las pulsaciones previstas.

En el 8K, coincidiendo con la disolución de muchos corredores, y la amplitud de la calzada, es cuando consigo ponerme al ritmo programado, es aquí cuando Julián se queda por detrás de mi.

Llego al 15K y me doy cuenta de que con tanto agobio en la salida, se me ha olvidado que en el 10K debería haber aumentado el ritmo…  Voy bien. Me tomo mi primer gel y me hago el primer autochequeo… sin problemas, ni la carretera me queda tres tallas grande,  ni las rodillas se me rinden de impotencia, ni la cabeza tiene acceso de exigencia.

Paso la media 1h32’54” y me da miedo, pues es a partir de aquí donde otras veces me he empezado a sentir mal. Llego al 25K, al 28K al 30K… pensando  cuándo me llegará la pájara, y no llega. Es aquí donde me toca volver a subir el ritmo, veo al alcance las tres horas pero espero al 32k, las balas del miedo son frías y certeras y quiero verlas venir para poder esquivarlas a tiempo. Vuelvo a aumentar, ahora voy rápido. Ritmos entre 4:00 y 4:10. Voy bien hasta el 37K, aquí siento el vértigo, la inconexa sensación de las lágrimas y las nubes, el miedo a pisar mi propia sombra. Es un bajón psicológico. En los tres kilómetros siguientes marco ritmos de 4:17/4:20 son los peores tres kilómetros en este maratón, pero para cuando me quiero dar cuenta, estoy en el 39K, en el Ponte Vecchio, y con un montón de gente animando. Soplos, alaridos… mera necesidad de llegar. Araño cada mirada, derrito sus expresiones, exprimo cada segundo que existe entre cada una de mis zancadas. Descubro que puedo, que el hueco hasta la meta es inversamente proporcional a las hojas mojadas de mi otoño que un día arranqué para llegar hasta aquí. Llegar es inevitable, aunque aquí me doy cuenta de que no serán las tres horas. Da igual, lo importante son las sensaciones, y éstas han batido mi record. Después Il Duomo, Santa Croce… Después, descoser mis pasos sobre la alfombra azul mientras suena “Tosca”, junto a la tumba de galileo. 3h01’36.57″ mi segundo mejor tiempo.

Mi hada dorada me acerca las tarde que nacen y mueren bajo un sol de la Toscana que emana piel y poso. Bate las hojas de otoño y me clava los granates, los ocres, las curvas, las rectas, los paisajes… Los cipreses acusadores y los viñedos moribundos. Y ella, con las arrugas del tiempo en su mirada, con los huesos de las manos hinchados, bate su barita para que las hojas de los árboles construyan unas manos invisibles que toquen esta sensación que no morirá jamás.

Gracias a Patricia y Pablo por vuestra compañía y ánimo. Gracias Julián por dejarme que siga aprendiendo de ti. Gracias a mi preparador físico Jose Ramón Callén, Joserra… “nada ocurre porque sí”. Gracias a Teresa porque si me siento derrotado tú me haces más fuerte.