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Una de las peores cosas que te pueden suceder al correr un maratón, es quedarte sin fuelle en el km 25… y eso, exáctamente eso, es lo que me sucedió. ¡¡Pero qué me pensaba con los entrenamientos que había hecho!! Una vez más, lo mejor de todo fue la compañía, la alegría, las risas, las anécdotas y los momentos que vivimos juntos, sólo por eso mereció la pena el esfuerzo. Nunca me cansaré de repetirlo ¡gracias! Según Julián… “perugurú”, había estado lloviendo desde las cinco de la mañana, y barruntaba frío, lluvia y viento. A las siete de la mañana nos vamos a desayunar con el pedazo roscón de reyes que habíamos comprado el día anterior por miedo a quedarnos sin nada que comer por la mañana, todo hay que decirlo, fuimos la envidia del resto de corredores que había en esos momentos desayunando. Llueve flojo, y a mi modesto entender, hace frío, aunque para Gorriti y Julian hace una temperatura cojonuda, yo debo ser más friolero por lo visto. Dan la salida y hasta el km 10 no entro en calor. Vamos por encima del tiempo previsto, vamos, lo normal en estas situaciones, que se dice una cosa pero luego se hace lo que a cada uno nos dieron a entender. Para mi ese ritmo es alto, y ya en el km 15 pienso en dejar a mis dos compañeros de aventura, pero pienso que quedan muchos km y que si los tengo que hacer solo, lo más lógico es que no termine, así que pienso en aguantar como sea hasta la media maratón con ellos. Pasamos la media en 1h37′ y pico y me planteo seguir con ellos hasta el km 25… lo consigo a duras penas, pero ya aquí, al pasar de vuelta el puente de Luis I, levanto el pie y me dejo ir lentamente. 17 km son lo suficientemente pocos como para pensar en hacerlos de una forma digna, pero lo suficientemente largos como para plantearse que llegados al km 35 el agotamiento y el dolor muscular podrán hacerte echar pie a tierra. Desde este momento calculo los km, intento ser frío y valorar todas las posibilidades que tengo de acabar y no morir en el intento; lo tengo chungo, pienso. Me reorganizo y me implanto un ritmo de 5′ el km y lo consigo hasta el km 30, desde ahí, baja considerablemente mi ritmo… me molesta una rodilla, el tendón de Aquiles, y varias cosas más que desprecio por insignificantes. Si mis cálculos son correctos, terminaré sobre 3h30′ / 3h40′. Los últimos 8 km son bajo un sol espectacular y un viento racheado que viene a dar la razón a Julian… “Perugurú”. A pesar de eso y de los adoquines que ya se clavan como chinchetas, consigo plantarme en el km 40… eso siempre es sinónimo de que vas a terminar sea como sea, y así es; enfilo la última cuesta que me lleva al 41, luego al 42, giro a la izquierda y veo la meta, y vuelvo a sentirme corredor, a pensar en que esto no se me ha olvidado y que a pesar de haber sido uno de los maratones donde peor lo pasé, siempre mereció la pena correrlo. Paso la meta en 3h41’37” y ya no me duele nada salvo la rodilla y el Aquiles, daños colaterales. Recojo la medalla y me voy a por una cerveza, ¡qué coño, me la he ganado!