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Resulta difícil explicar cómo las aceras, las gentes, la ciudad, se copian del sol. Cómo se consigue esa transustanciación que deja rastros luminosos como cometas erráticos.
Venir al sur, del norte, es como dejar fluir la desnudez através de las sombras, como recibir con muda perplejidad un calambre tibio en un frío invierno. Hibernar junto al mar, en una famélica mirada con dientes anudados a una primavera imperceptible, es como arrancar con fiereza las flores que nacen en la escarcha como rescatadas de la resurrección de Venus.
Y fue así, esperando un diastólico sentido de ansiedad que rebullera mis tejidos y difuminara la tumefacción del frío, como me vi de nuevo, un año más en Santa Pola;  una vez más,  junto a la linea de salida.
Llegaba con los últimos estertores de una gripe que me había dejado tres semanas sin poder entrenar y con un polizón en mi carcasa del que ya había olvidado su existencia y que muy pronto daría señales de su presencia.
Decir que mis pretensiones justo antes de salir eran mínimas, no era noticia; la noticia fue poder llegar hasta el km 19 de una manera digna. Hasta ese momento todo había transcurrido sin ambages, pero fue apartir de ese momento cuando la precariedad no pudo sostener las ganas y las fuerzas que se habían ido apagando con estertores dispersos como cuando un motor se queda sin gasolina.
Pero ya antes, varios kilómetros atrás, el polizón que se escondia entre los bártulos de mi carcasa, dió señales de vida…  Me estoy refiriendo a aquel doble esguince del día de la Sureste Trail. Parece que en aquel momento, un nervio se quedó atrapado y decidió que el día de la Media de Santa Pola era el momento idóneo para reivindicar su amnistía de la carcel metatarsiana que le oprimía, una protesta a traición, como la de los pilotos de avión que deciden reclamar sus derechos el día que comienzan las vaciones de verano.
Así llegué, con una mezcla de derrota y desorientación, de barro y de sal, que me enfilaba, una vez más, hasta la cumbre  de la indecisión.
Agradecer a la organización de la carrera, no ya su buen hacer en la ya conocida ruta, sino en su empeño de seguir manteniendo las buenas costumbres que todos los corredores agradecemos al pasr la linea de meta. También a la gente que estuvo acompañándonos y gritando hasta que entró el último. y un recuerdo especial a Guillermo, al que su corazón lo dejó en el camino.

Dreaming:
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